DIAPE

Compartir en:

La ética debe ser uno de los valores institucionales de toda organización que aspire a realizar un trabajo apegado a las necesidades de la gente y a la mejora de nuestro entorno y la calidad de nuestras relaciones. La ética mejora nuestras relaciones porque es fuente de valores normativos que se orientan a conseguir conductas ejemplares en lo individual, y las personas motivadas son lo más importante para la realización de un buen gobierno.

La producción del valor público necesita reglas institucionales, una eficiente gestión pública, y valores del buen obrar que permitan fortalecer los contenidos, objetivos y metas de las políticas públicas.

La producción del valor público, tarea central en las instituciones administrativas y gubernamentales, demanda de cuadros administrativos comprometidos con el sentido de lo público y la necesidad de que las democracias se acrediten mejor tanto como una forma de gobierno, como una cultura.

Sí, democracia es forma de gobierno y es al mismo tiempo una cultura, o sea un conjunto de valores desde el cual se observa la realidad y se asumen comportamientos en consonancia a esos valores. La ética, ese animalito que nos dice lo que está bien o mal, forma parte intrínseca de los valores democrático.

La ética, podemos decir, es un conjunto de aspiraciones morales, normas, costumbres y creencias que dan forma a la cultura organizacional de una institución.

Sus funciones se pueden resumir en las siguientes:

– Sirve como mecanismo de defensa institucional,
– Protege la salud organizacional,
– Contrarresta el estrés laboral y protege la salud de los miembros de la institución,
– Se fundamenta en la solidaridad y la justicia; y,
– Favorece la adaptación y desarrollo de la institución

En la DIAPE la ética constituye una actuación autorregulada, que demanda la participación de todas las personas que forman parte de la institución y contribuye a la toma de decisiones; además, pretende la aplicación desde la convicción, de los principios y los valores que corresponden al desempeño de la función pública, así como al fortalecimiento de la misión y visión de la institución, al ajuste de los planes estratégicos y a las estructuras organizacionales, hacia el logro de los objetivos y responsabilidades frente a los públicos de interés.

La ética, en las instituciones como la nuestra, impacta de manera positiva en la administración pública pues ayuda a la recuperación de la confianza del ciudadano y conduce a la idea de que no es a través de controles externos a los individuos que realizan la función pública como se impide que éstos cometan actos indebidos, sino que es a través de la sensibilización, del desarrollo de la conciencia así como del establecimiento de principios internos en las personas como se podrá evitar la realización de actos contrarios a la ética.

Aunque el sentido común alberga principios básicos que nos permiten conocer lo que es correcto de lo que no lo es, existen situaciones en lo que lo bueno no siempre resulta evidente. La decisión en un conflicto puede ser equivocada si la persona no cuenta con una escala de valores que le permita discernir adecuadamente.

En el momento en que cada persona decide y actúa asume un comportamiento que puede ser justo o injusto, adecuado o inadecuado. Quién resuelve esa dicotomía es, precisamente, la ética que asumimos.

Así que tengamos algo claro, la ética no es un cuerpo de valores inmutables, ni es el mismo para todo el mundo. Hay quienes tienen una ética muy cuestionable, porque su sentido del bien y el mar se basa en el egoísmo, e individualismo.

En el sector público se requiere de una ética de la integridad y el compromiso. Pero, como escribe Adela Cortina en su libro Hasta un pueblo de demonios: “el lugar óptimo para aprender virtudes sociales no es el ámbito político mismo, porque las relaciones políticas son relaciones secundarias, y no primarias, y las personas pueden manipularlas con mayor facilidad que las relaciones primarias” (Taurus, Pág. 194-195). Es pues que las virtudes sociales se aprenden en el ámbito de las relaciones primarias, o sea, de la familia, las relaciones de amistad, las asociaciones voluntarias. He ahí la importancia que damos en la Diape a las relaciones directas con nuestros colaboradores y colaboradoras.

Promovemos una ética de la integridad y el compromiso.

La ética con la que actuamos en cada uno de los roles que jugamos dentro de la DIAPE es lo que nos indica qué es lo que debe hacerse y qué omitirse, resuelve dudas, aconseja, presenta principios, da sabiduría, entendimiento, prudencia, ecuanimidad, capacidad de juicio en la toma de decisiones.

La combinación de los conocimientos éticos aunados a los políticos es lo que da por resultado que nuestro trabajo como órgano asesor del Poder Ejecutivo sea creíble y confiable, eleva la calidad de nuestro trabajo a través de la conducta honesta, eficiente, objetiva e íntegra del personal y la institución en la gestión de los asuntos públicos en los cuales participamos.

Tamaño de la fuente
Contraste